16 de septiembre: una fecha – dos aniversarios

Cuando no se había disipado aun el humo de las bombas y metralla caídas sobre la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, con un saldo de más de 400 muertos civiles desarmados a manos de la aviación naval y la fuerza aérea; precisamente tres meses después, el 16 de setiembre de 1955, se producía una vez más un golpe de estado que conseguía deponer al gobierno constitucional del Gral. Juan D. Perón, instaurando así una dictadura, autodenominada “revolución libertadora”. En verdad,… “la fusiladora”.
A partir de entonces siguieron muchos años de represión, persecución, proscripción, secuestros, torturas y fusilamientos.
Algunas páginas de esta historia fueron narradas impecable e implacablemente por Rodolfo Walsh, acaso uno de los más valiosos periodistas y militantes de toda nuestra historia, en su libro “Operación Masacre”.
El 16 de setiembre de 1955, (tal como en 1930, en 1966 y en 1976), una vez más irrumpe y gana la brutalidad contra la institucionalidad; la barbarie contra la razón; la represión y la reacción en contra de los legítimos intereses del Pueblo y de la Patria.
Para esta tropelía de nuestra historia fue preciso contar, como de costumbre, con el apoyo de: los minoritarios sectores sociales medio-altos, los cipayos siempre emparentados con la rancia oligarquía agro-económica, la iglesia, cierta intelectualidad acomodada, la simpatía y el soporte logístico brindado por Estados Unidos y Gran Bretaña, el corrosivo e incesante desgaste psicológico que emanaba desde la “prensa independiente”, y la activa participación de grupos civiles provenientes de otras fuerzas políticas aliadas a los intereses antipopulares y antidemocráticos.

*****

Unos veinte años después, quienes allá por el ´74 y el ´75, (en aquellos hermosos años de nuestra agitada adolescencia), militábamos junto a miles de congéneres por el BES (Boleto Estudiantil Secundario), teníamos plena conciencia de que a la luchas había que ponerles no solo el compromiso político sino, muy especialmente, el cuerpo. Y eso tenía sus riesgos y consecuencias.
Sin embargo luego de marzo de 1976, “ponerle el cuerpo a las luchas” significó mucho más que un simple riesgo. La muerte estaba ahí, demasiado cerca.
El 16 de setiembre de 1976 se produjo lo que conocemos como “La noche de los lápices”, una verdadera cacería de militantes estudiantiles secundarios de la ciudad de La Plata, quienes fueron víctimas de la más despiadada y sangrienta dictadura cívico-militar del siglo XX.
Bajo el siniestro poder ejercido por el ex-general Ramón Camps y su secuaz Etchecolatz, diez jóvenes fueron secuestrados, ultrajados y torturados en varios “centros clandestinos de detención”. Seis de ellos, aun hoy permanecen desaparecidos.
Quienes vivimos aquellas luchas, y que por fortuitas circunstancias pudimos sobrevivir a ellas, tenemos la ineludible obligación de mantener viva la memoria, la lucha y la ética de aquellos jóvenes.
La memoria es la herramienta más idónea para resolver un trauma social. Es subjetiva por brotar desde experiencias materiales y simbólicas que dejaron su marca y su huella; es un objeto de disputa, en tanto existen diversas memorias. Pero ante todo, es un valioso objeto a ser historizado, si consideramos los testimonios de los protagonistas con el noble propósito de crear sentido.

Desde nuestra condición de docentes, resulta inevitable dar testimonio de todo esto, y de los casi 30 años que esperamos para que la memoria se traduzca en Justicia. Hoy, orgullosamente, podemos decir que desde el año 2003 estamos juzgando y condenando a los responsables del terrorismo de Estado.

A 60 años del golpe militar de 1955, y a 39 años de la desaparición de un grupo de estudiantes platenses; los Docentes y Artistas del IUNA desde ADAI-CONADU, recordamos esta fecha con la firme convicción de honrar siempre la memoria histórica, desde la ética y el compromiso patriótico que conducen cada una de nuestras palabras y acciones.

Hasta la Victoria siempre… Compañer@s!