ADAI celebra los 30 años de democracia en Argentina

En estos días, a partir de los hechos ocurridos en Córdoba, y con algunos sucesos en otros puntos del país que muchos medios trataban de enlazar como réplicas exactas, o como síntomas de una reacción en cadena, de una especie de reguero de pólvora, pudimos ver dolorosas imágenes de saqueos a comercios, falta de reacción política e indefensión ciudadana.

Y los hechos no son idénticos. Pero pueden tener matices semejantes en algunos aspectos. No todos los policías son corruptos, claro, pero la institución policial argentina tiene una historia lo suficientemente desprestigiada como para negar la existencia de mecanismos y métodos estructurales autoritarios y viciados de prácticas corruptas. Coimas, “negocios” ilegales, y presiones de todo tipo son formas bastante extendidas en el ejercicio de la tarea policial. Prostitución, narcotráfico, juego clandestino, venta de armas, son hechos sociales que no podrían aumentar ni ser tan prósperos sin connivencia policial y –a la par- sin protección política.

Desarmar o intentar desarmar esas estructuras viciadas toca el nervio de un sistema capitalista de consumo que se arma para defenderse de sus propios clientes. Un círculo casi perfecto que nace monstruoso.

Policías que se acuartelan, en una especie de “paro gremial” por “cuestiones salariales” no hacen sólo eso. Porque son policías, porque portan armas, porque esas armas han sido puestas en sus manos en nombre de una sociedad y su gobierno. Si además, esa policía que “para”, tiene el correlato inmediato de una estampida de violentos saqueadores que roban y destruyen comercios, para llevarse artículos que pretenderán vender más tarde; si todo eso sucede a la vez y tiene conatos de réplica en otros lugares, no podemos ser ingenuos y pensar en la acción social espontánea, en la revuelta ciudadana que pide cauce y que empieza por cualquier lugar. No.

El tejido social es una construcción colectiva que cuesta mucho esfuerzo construir, y mucho más esfuerzo sostener y solidificar para que la malla no se rompa. La derecha hace su juego o aprovecha la coyuntura para golpear en los lugares donde el hilo es más débil. Y ahí, en ese hilo débil, se sostiene una clase media que tiende a olvidar sistemáticamente, lo cerca que está de las capas más bajas, lo necesario que se torna alentar políticas de reparto equitativo, lo importante que resulta gobernar para la inmensa mayoría; aún ganándose el odio de una minoría que es dueña de la tierra, los sistemas de producción y los bienes simbólicos culturales a través de los grandes medios de comunicación.

El cana, el villero y el chino del supermercado terminan saliendo en la foto o el video que los inmolará en una aparente lucha de “pobres contra pobres”. Y que mostrará esa lucha como un signo evidente del malestar ciudadano. Las cacerolas vuelven a afinarse como si su golpeteo fuera apolítico y desideologizado, y el “ciudadano común” pide “que se vayan todos”. Así de simple lo pueden resumir algunos titulares . Pero no es tan simple.

30 años de democracia no admiten caceroleros trasnochados, ni policías acuartelados, ni gobernadores dormidos. 30 años de democracia evidencian que el tejido existe y que, aunque con hilos débiles o puntos que se saltan, es deber de todos corregirlo, enmendarlo, fortalecerlo y protegerlo.

ADAI lamenta los hechos ocurridos en Córdoba y sus pretendidas réplicas, como así también las víctimas que la sinrazón ocasionó, pero a la vez repudia la violencia institucional de una fuerza que amparándose en una insignia y un poder conferido por el Estado ejerce una presión golpista y antidemocrática.

Del mismo modo, y con irrenunciable energía, ADAI celebra los 30 años de democracia en la Argentina.